La pandemia hizo que dueños de bares y restaurantes se pusieran creativos, reinventando espacios al aire libre para disfrutar con amigos y familia. Elegimos tres propuestas en diferentes puntos de la provincia de Buenos Aires.

1.Bar de Jardín: Ubicado en Estancia “La Mimosa”, Exaltación de la Cruz, a 85 km de Buenos Aires. Para llegar hay que hacer lo que era un antiguo camino real. “El bar nació por la pandemia, cuando no podíamos hacer eventos. Le teníamos que buscar la vuelta, hacer algo nuevo y así fue que decidimos aprovechar el jardín. Además, fue una manera de volver a los orígenes de la estancia que empezó siendo una pulpería”, cuenta César Sánchez Guerrero, creador del bar y yerno de los dueños de La Mimosa. Al lugar se accede sólo con reserva previa y tuvo una gran aceptación especialmente entre el público más joven que se sorprende al conocerlo: la casona de más de 150 años, conserva la mayoría de sus muebles originales y el jardín con sus guirnaldas de luces impacta. “La carta es sencilla, hay hamburguesas, sándwiches, mientras que con los tragos jugamos en poco más. El Gin Tonic con pepino y rosas, que fueron plantadas por Mauricio Goyenechea -dueño de la estancia- está entre los más pedidos”, concluye.

 

2.Mil Bar: Lugar de moda en Nordelta, especialmente entre fanáticos de las Caipiroskas de Maracuyá, trago de la casa. Nació por idea de Patricio, Ezequiel y Diego, tres amigos que querían traer a Buenos Aires algo de los bares que recorrieron por el mundo. Un jardín para disfrutar de la naturaleza y explorar su gastronomía y coctelería. El menú es fusión Nikkei, con métodos simples, sin yuxtaposición de sabores, una combinación inusual y funcional, probando que la culturas pueden mezclarse concibiendo platos únicos.

3.La Plantación: “Todo surgió con el auge del desarrollo de Pilar, y podría decirse que acompañó su crecimiento cuando éste se transformó en el variado conjunto de barrios cerrados, clubs, colegios y shoppings que hoy conocemos”, relata su dueña, Pinky Cardona. Lo que era la chacra de su familia se convirtió en un espacio mágico, que transporta de tal manera, que hace casi imposible recordar su cercanía a la Panamericana. “Fue inaugurada en 1999 y varía al ritmo de las estaciones, invitando a recorrer y observar, originalmente sus espacios fueron recorridos por artistas, artesanos y exposiciones de arte”. Hoy en su restaurante, que cuenta con galerías bajo las copas de los árboles y mesas alrededor de los jardines, se puede disfrutar de un menú inspirado en la cocina mediterránea. Durante el día hay omelettes, ensaladas y pastas. A la noche los platos son más elaborados, destacando los frutos de mar y diferentes cortes de carne, con barra de tragos siempre activa.

 

 

Texto : Jimena Sampataro.

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